martes, 7 de septiembre de 2010


 

UNA OBRA POSITIVA Y EDIFICANTE: EL ANTICOMUNISMO


 

Para determinar si el anticomunismo es un ideal positivo o negativo, es necesario preguntarse en qué consiste lo "positivo" y lo "negativo".

Algún espíritu superficial podrá responder diciendo simplemente que es negativo todo pensamiento, principio o norma en cuya formulación se encuentra la palabra "no". Pero esa respuesta está lejos de resolver el problema. Si así fuese, el padre de familia que impide a sus hijos tener malas compañías, haría una acción negativa. Lo positivo consistiría en dejarlos frecuentar cualquier ambiente, hasta que quedasen moral, psíquica y físicamente deteriorados.

Positivo sería también abolir el Código Penal y cerrar las prisiones. Acción negativa sería la del médico que prohíbe alimentos perjudiciales al paciente. En este caso, lo positivo sería dejar que los hipertensos abusen de la sal y los diabéticos, del azúcar. El propio Nuestro Señor Jesucristo habría actuado negativamente revelando los Diez Mandamientos, de los cuales sólo tres tienen un enunciado positivo y todos los otros comienzan con un "no". Entonces, no es por el uso del "sí" y del "no" que se distingue lo positivo de lo negativo.

Pienso que a través del verbo "edificar" llegaremos a una solución del problema. Edificar no es simplemente construir un edificio, o una institución, o una ley. Es, ante todo, promover el bien y producir el orden. Es posible edificar ora construyendo, ora destruyendo. En el primer caso, haciendo algo bueno. En el segundo, extinguiendo algo malo. Porque destruyendo el desorden se promueve el orden y se establecen las bases firmes para edificar.

En sentido contrario, des-edificar es incentivar en sí mismo, en el prójimo y en la sociedad el mal, el desorden y la anarquía, tanto construyendo algo nocivo cuanto destruyendo o haciendo cesar algo bueno.

Por ello, el verdadero criterio para distinguir lo "positivo" y lo "negativo" es el término edificar, y no meramente el de construir.

Aclarados los conceptos, nos queda indagar qué es el comunismo. Todos lo sabemos: es la negación completa del orden cristiano fundamentado en la verdad revelada por Dios en los Mandamientos, y enseñada por la Iglesia.

El comunismo materialista niega la Religión. Igualitario, niega todos los principios del verdadero orden social. Contrario a la familia, niega el orden natural en lo que dice respecto a la perpetuación de la especie. Contrario a la propiedad individual, subvierte los propios fundamentos de una economía sana. Amoral por esencia, por principio, por definición, niega él toda posibilidad de una auténtica armonía social. Instituyendo la dictadura de lo proletario sobre lo intelectual, del músculo sobre el cerebro, niega la cultura y la civilización. Sanguinario, aplasta el derecho a la integridad física y a la vida de todo aquel que se oponga a sus designios.

Ahora estamos en condiciones de colocar la pregunta inicial en sus términos adecuados: denunciar el comunismo, ¿es una obra edificante o desedificante?

Como vimos, la obra edificante comporta dos aspectos indisociables: promover el bien y combatir el mal. Pero, dependiendo de las circunstancias, uno de esos aspectos puede ser más actual, importante y prioritario que el otro. Por ejemplo, en un medio, país o región persuadida de que el comunismo es un mal, pero se mantiene optimista, inerte, sin deseo de vigilar y luchar, lo más urgente es la parte negativa pues la positiva ya está hecha. En esos ambientes es necesaria una corriente de opinión destinada especialmente a la obra más urgente, cual es el convite a sacudir la modorra y el llamado a una reacción contra el agresor.

Mientras en Cuba el comunismo avanza más que nunca en la obra de destrucción de los últimos restos de la civilización cristiana, y tantos sectores internacionales se mantienen indiferentes, ¿se podría afirmar que el objetivo principal sea la conversión de los comunistas?

Claro que esa conversión es altamente deseable, no sólo por el interés de Cuba y del mundo, sino por la salvación de sus almas, dado que también por ellos Nuestro Señor derramó su sangre en la Cruz. Pero si alguien ve en su propia Patria un partido o corriente ideológica que implanta una dictadura marxista con puño de hierro, con el objetivo de sembrar el desorden total, la inversión absoluta del orden natural y dificultar al máximo la salvación de las almas, ¿a qué intereses espirituales se debe dar prioridad? ¿Al de los subversivos o al de los inocentes, víctimas de tal agresión?

La respuesta, de tan obvia, salta a la vista. Lo principal consiste en denunciar el comunismo, con toda su hediondez, a los inertes, a los distraídos, a los inmediatistas y a los indiferentes, para que caigan en sí y reaccionen. Que esto no será del agrado de los comunistas, también es obvio. Pero, como dice la sabiduría popular, no se puede tener al mismo tiempo lástima del cordero y del lobo hambriento...

Esto no quiere decir que el lenguaje del católico anticomunista no deba conservar un tono elevado, noble, superior a la vulgaridad y biliosidad del adversario. Los documentos de los Papas sobre el comunismo son, en este sentido, un modelo perfecto. Dicen todo cuanto tienen que decir sin perder la dignidad, la compostura, la elevación propia del alma cristiana. Así como no omiten, cuando necesario, que en su lucha contra el comunismo los católicos no se olvidan de rezar por sus perseguidores, sin dejar de resistirles con indomable y magnífica energía.

Vistas las cosas de esta manera, la conclusión sólo puede ser una: el anticomunismo es una obra esencialmente positiva, constructiva... ¡edificante!


 

FIN


Plinio Corrêa de Oliveira

Plinio Corrêa de Oliveira, pensador católico tradicionalista brasileño, fue un infatigable luchador por la causa de la libertad de Cuba hasta su fallecimiento, el 3 de octubre de 1995. Este artículo, escrito hace décadas atrás, conserva notable actualidad.

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